viernes, octubre 23, 2026

Cuadrado: la tragicomedia que no termina



Cachimbo por siempre, ingeniero por accidente

La nostalgia es el último curso que nunca se aprueba

Cuadrado había descubierto, sin saberlo, el secreto de la eterna juventud: no avanzar.

Mientras sus antiguos compañeros aprobaban asignaturas, terminaban la carrera, obtenían sus títulos y comenzaban a construir sus vidas, él permanecía fiel a sus orígenes. Su paso por Investigación Operativa había sido tan breve como inolvidable: un primer año que se prolongó durante décadas, con la obstinación de quien confunde la perseverancia con la incapacidad de pasar al siguiente nivel.

Es cierto que, con los años, consiguió titularse de ingeniero en una universidad alternativa, de esas que ofrecen nuevas oportunidades a quienes no encontraron las suficientes en las anteriores. Pero aquello no alteró su verdadera identidad. En el fondo, Cuadrado seguía siendo el cachimbo de dieciséis años que había ingresado a la universidad con grandes aspiraciones, una colección de bromas que envejecían peor que él y la convicción de que toda reunión era una invitación implícita a su presencia.

Por eso aparecía en los encuentros de exalumnos, aunque nadie recordara haberlo invitado. Allí desplegaba su inagotable repertorio de anécdotas del siglo pasado, convencido de que el tiempo se había detenido en aquellas aulas y de que sus antiguos compañeros seguían siendo, en esencia, los mismos muchachos que había conocido en el primer año. No parecía advertir que algunos ya tenían nietos, otros habían alcanzado posiciones importantes y casi todos habían construido una vida que no requería volver periódicamente a los exámenes de Cálculo.

Las conversaciones, sin embargo, empezaban a complicarse. Cuadrado recordaba dos o tres apellidos, los mezclaba con los de profesores cuyo nombre completo jamás había aprendido y atribuía asignaturas a quienes probablemente nunca las habían dictado. ¿Qué importancia tenía semejante detalle? Después de todo, la memoria universitaria era una cuestión de sensaciones, no de actas académicas. Y si alguien dudaba de sus recuerdos, siempre podía recurrir a la defensa definitiva: habían pasado muchos años.

Naturalmente, también habían pasado muchos años desde que había obtenido aquellos memorables ochos —o, para ser más exactos, desde que había cosechado una colección de calificaciones insuficientes que lo mantuvieron anclado al primer año—. Pero Cuadrado prefería interpretar esos resultados no como un fracaso, sino como una pausa histórica. Sus compañeros habían terminado la carrera en el siglo pasado; él, en cambio, conservaba una relación aún pendiente con esa etapa. Ellos tenían títulos, experiencias y recuerdos nuevos. Él tenía una historia inconclusa.

Y qué historia.

En su universo particular, las máquinas de escribir todavía tenían algo que decir, los disquetes seguían siendo dispositivos de almacenamiento perfectamente razonables y las bromas que habían hecho reír a un grupo de adolescentes conservaban intacta su capacidad de provocar carcajadas cuarenta años después. Que los demás sonrieran por cortesía, cambiaran rápidamente de tema o buscaran una excusa para marcharse era un detalle menor. Cuadrado interpretaba cualquier sonrisa como una ovación y cualquier silencio como el respeto que inspiraba su trayectoria.

Lo que nunca llegó a comprender fue que el elixir tenía efectos secundarios. Había conservado la chispa del cachimbo, sí, pero también sus inseguridades, sus conversaciones pendientes y aquella necesidad de demostrar que todavía pertenecía a un lugar del que el tiempo lo había ido alejando. Su juventud no era eterna: era una fotografía antigua que se negaba a guardarse en un cajón.

A punto de cumplir sesenta años, Cuadrado seguía presentándose como el muchacho que algún día terminaría la carrera de Investigación Operativa. No porque le faltara una oportunidad para cerrar aquella etapa, sino porque cerrarla significaría aceptar que había terminado hacía mucho tiempo.

Y así continuó, aferrado a un primer año que ya no figuraba en ningún plan de estudios vigente, esperando que alguien retomara la conversación sobre aquellos profesores, aquellas asignaturas y aquellos exámenes que él nunca consiguió superar.

Sus compañeros habían seguido adelante. La universidad había cambiado. Los disquetes habían desaparecido. Incluso las máquinas de escribir habían encontrado su lugar en los museos.

Pero Cuadrado no se daba por vencido.

Al fin y al cabo, ¿quién necesita graduarse de la juventud cuando puede repetir el primer año indefinidamente?


La reunión de exalumnos transcurría con la habitual mezcla de nostalgia, anécdotas profesionales y comparaciones discretas sobre lo que cada uno había hecho con su vida. Uno recordaba el programa que había desarrollado para presentar splines cúbicas; otro hablaba del algoritmo de diferencias finitas que tuvo que implementar en C++ para el curso de Análisis Numérico. Las conversaciones avanzaban entre métodos numéricos, problemas avanzados y recuerdos de profesores cuyo nombre completo, por fin, todos parecían recordar.

Cuadrado escuchaba con creciente inquietud. Aquellos relatos amenazaban con convertir la reunión en una exhibición de conocimientos que él ya no podía seguir, así que decidió intervenir con una de sus grandes contribuciones a la historia de la informática universitaria.

—Yo hice un programa de casi doscientas líneas para presentar el triángulo de Pascal —anunció, con el orgullo de quien acaba de revelar que participó en el diseño de un reactor nuclear.

Hubo una pausa. Alguien asintió cortésmente. Otro tomó un sorbo de su bebida.

—¿Doscientas líneas? —preguntó uno de sus antiguos compañeros—. ¿Y cómo lo implementaste?

Cuadrado interpretó la pregunta como una invitación a impartir una conferencia magistral.

—Bueno, era bastante complejo. Tenía que imprimir los números, organizar las filas, controlar los espacios... esas cosas. La lógica era fundamental.

No mencionó que, para entonces, sus compañeros ya habían olvidado aquel ejercicio elemental, ni que varios habían escrito programas considerablemente más complejos antes de terminar el primer semestre. Tampoco recordó que su relación con los bucles repetitivos había sido siempre conflictiva: los utilizaba como quien intenta domesticar un animal salvaje, esperando que, por pura insistencia, el resultado terminara apareciendo en pantalla.

—Además —continuó—, yo siempre he pensado que lo más interesante era hacer un programa que escribiera una palabra al revés.

El compañero que acababa de explicar su algoritmo de diferencias finitas lo miró con una expresión difícil de interpretar. Quizá era admiración. Quizá desconcierto. Quizá estaba calculando mentalmente cuánto tiempo faltaba para que alguien propusiera cambiar de restaurante.

Cuadrado, entretanto, había encontrado su público: él mismo. Por fin podía hablar de programación sin que nadie lo interrumpiera con preguntas sobre la complejidad computacional, las aplicaciones industriales o cualquier otro detalle innecesario que pudiera poner en peligro la integridad de sus recuerdos.

El problema de Cuadrado no era exactamente haber olvidado lo que había aprendido. Para olvidar algo, primero hay que haberlo aprendido con cierta solidez. Lo suyo era más bien una colección de fragmentos, impresiones y nombres propios que habían sobrevivido a décadas de abandono académico, mezclados libremente con conceptos que quizá pertenecían a otra asignatura, a otro profesor o incluso a otra carrera.

—¿Se acuerdan del Gentile? —preguntó de pronto, como si acabara de mencionar a un viejo amigo en común.

—¿El qué? —respondió alguien.

—El Gentile, hombre. El libro. Un tremendo libro.

Cuadrado pronunció aquellas palabras con la solemnidad reservada a los grandes clásicos de la humanidad. En realidad, se refería a Notas de Álgebra, de Enzo R. Gentile. Pero el título completo le parecía un exceso de precisión, una formalidad académica que no aportaba nada a la conversación. Para él, era simplemente «el Gentile», como si todos los libros importantes debieran reducirse al apellido de su autor y a una vaga sensación de dificultad.

Lo verdaderamente extraordinario era que, si alguien le hubiera preguntado de qué tema trataba, Cuadrado habría dudado entre álgebra, cálculo y termodinámica. No porque el libro tuviera un carácter interdisciplinario revolucionario, sino porque, con los años, las asignaturas se le habían mezclado en una especie de sopa universitaria en la que los conceptos flotaban sin orden ni jerarquía.

—Ese libro era durísimo —insistió—. Nosotros sí estudiábamos en aquella época.

Nadie se atrevió a preguntarle quiénes eran exactamente «nosotros», ni cuánto había estudiado él, ni si aquel libro había llegado a abrirse alguna vez más allá de las páginas necesarias para comprobar cuánto costaba fotocopiarlo.

El silencio posterior fue interpretado por Cuadrado como una señal de respeto intelectual. No se le ocurrió que quizá sus compañeros simplemente estaban intentando recordar si habían cenado.

Las confusiones con los nombres constituían otro de sus talentos tardíos. Durante una conversación sobre los antiguos docentes, Cuadrado levantó la cabeza con una expresión de súbita inspiración.

—Ventocilla... ¿qué será de ese profesor?

Uno de los presentes dejó de hablar.

—¿Ventocilla? Pero si era de nuestra promoción.

—¿Cómo va a ser nuestra promoción? —replicó Cuadrado, sin vacilar—. Yo lo recuerdo perfectamente.

Y, en cierto modo, era verdad. Recordaba el apellido. Lo que no recordaba era a la persona, su trayectoria ni el hecho de que Ventocilla había sido su compañero, no su profesor. Tenía prácticamente la misma edad y, aunque tampoco había logrado terminar la carrera debido a las exigencias de su trabajo, había conseguido construir una vida propia, con responsabilidades y experiencias que no dependían de demostrar ante antiguos compañeros que alguna vez había pertenecido a una universidad.

Para Cuadrado, en cambio, las personas seguían clasificadas según una taxonomía académica que había quedado congelada en el primer año: profesores, alumnos, auxiliares y aquellos individuos cuyo nombre podía utilizarse cuando la conversación necesitaba urgentemente un protagonista. Si el apellido encajaba en la frase, el resto de los detalles eran negociables.

—Bueno, profesor o compañero, da igual —concluyó—. Lo importante es que nos conocemos de toda la vida.

Y ahí estaba, una vez más, la esencia de su memoria: no importaba quién había sido realmente cada persona, sino el papel que Cuadrado necesitaba asignarle para que la historia pudiera continuar.

Cuando las conversaciones volvían a desplazarse hacia el presente, Cuadrado experimentaba una forma particular de nostalgia: la que consiste en considerar irrelevante todo lo ocurrido después de la época que uno recuerda mejor. Los demás hablaban de sus trabajos, sus familias, sus proyectos, sus dificultades y sus planes. Él esperaba pacientemente a que alguien pronunciara una palabra que le permitiera regresar a 1993, o a cualquier otro año que pudiera reconstruir sin demasiadas exigencias.

Entonces aparecía la anécdota de siempre.

—¿Se acuerdan de cuando nos reuníamos después de clase?

Naturalmente, se acordaban. Algunos incluso habían conservado amistades de aquella época, aunque también habían tenido la precaución de vivir otras experiencias desde entonces.

—¿Y cuando aquel profesor nos hizo resolver aquel problema?

También se acordaban, aunque nadie tenía claro cuál de los innumerables problemas de primer año quería mencionar Cuadrado. Él tampoco lo sabía del todo. Comenzaba una historia sobre un examen de Álgebra, la desviaba hacia un profesor de Cálculo y terminaba hablando de una práctica de programación cuyo enunciado probablemente había cambiado en su memoria tantas veces como sus opiniones sobre la política nacional.

Sus anécdotas eran siempre las mismas, pero no exactamente iguales. Cada año perdían un detalle, ganaban una exageración y adquirían algún elemento nuevo que Cuadrado atribuía a su extraordinaria capacidad de recordar. La memoria, en su caso, no era un archivo: era un editor poco fiable que trabajaba sin supervisión y publicaba las versiones revisadas como si fueran documentos originales.

Aun así, Cuadrado jamás se cansaba de contarlas. Si los demás ya las habían escuchado veinte veces, era porque no habían sabido apreciar su profundidad las diecinueve primeras.

En una de aquellas reuniones, cuando la conversación amenazaba con alejarse definitivamente de su territorio favorito, Cuadrado decidió ofrecer una reflexión sobre su independencia personal.

—Yo fui el primero de ustedes en salir de mi casa, a los dieciocho años —declaró, con una satisfacción que parecía merecer una placa conmemorativa.

La afirmación produjo cierto desconcierto. Algunos recordaban que Cuadrado había vivido fuera del hogar familiar durante una etapa de sus estudios, pero también recordaban las visitas regulares los fines de semana. En aquellas expediciones de regreso, la ropa sucia encontraba una lavadora, el hambre encontraba una comida caliente y la independencia recuperaba, durante unas horas, todas las comodidades de la vida familiar.

Cuadrado, sin embargo, había conseguido separar ambos hechos en compartimentos estancos. Salir de casa era una proeza histórica; volver para que le lavaran la ropa era un asunto doméstico sin relevancia biográfica.

Nunca se le ocurrió que la autonomía no consistía simplemente en dormir bajo otro techo, sino también en hacerse cargo de las pequeñas obligaciones que permitían mantener una vida lejos del hogar. En su relato, los sacrificios de quienes lo habían sostenido quedaban eclipsados por la hazaña personal. Había sido el primero en marcharse, y eso bastaba. Lo que otros hubieran hecho para que pudiera hacerlo era una nota al pie que no necesitaba incluirse en la edición definitiva.

Quizá por eso resultaba tan difícil precisar de quién era el resentimiento que Cuadrado arrastraba desde entonces. ¿De sus compañeros, que habían terminado lo que él no pudo terminar? ¿De la universidad, que había seguido funcionando sin que lo esperara? ¿De los profesores, cuyos nombres había olvidado? ¿De su familia, cuyos cuidados aceptaba como derechos adquiridos? ¿O de sí mismo, por haber convertido una dificultad de juventud en la explicación permanente de una vida entera?

Nadie podía responder con certeza. Ni siquiera Cuadrado.

Al final de la noche, mientras los demás se despedían con la promesa de volver a reunirse, él permaneció unos minutos más, como si esperara que alguien reconociera la importancia de su presencia. Había hablado de su programa del triángulo de Pascal, del Gentile, de Ventocilla, de los profesores cuyos nombres no recordaba y de aquella gloriosa salida del hogar a los dieciocho años. Había conseguido recorrer varias décadas sin abandonar realmente el primer año.

Sus antiguos compañeros se marcharon con la tranquilidad de quienes podían recordar el pasado sin necesidad de vivirlo. Algunos habían terminado sus carreras; otros habían encontrado caminos distintos. No todos habían cumplido sus planes, ni mucho menos, pero habían aprendido que una vida no se mide por un expediente académico ni queda suspendida por una asignatura pendiente.

Cuadrado, en cambio, seguía necesitando aquella universidad como escenario de una historia que nunca terminaba de escribir. Se aferraba a los apellidos, los libros, los exámenes y las bromas como si fueran pruebas de que todavía formaba parte de algo que el tiempo no podía arrebatarle.

Y quizá ese era el verdadero secreto de su elixir: no le impedía envejecer, sino que le permitía ignorar las evidencias. Había confundido la fidelidad al pasado con la lealtad a sus amigos, la repetición con la memoria y la nostalgia con una forma de mérito.

A fin de cuentas, Cuadrado no había sido el único en suspender asignaturas, abandonar proyectos o cambiar de rumbo. La diferencia era que los demás ya lo habían aceptado como parte de su historia.

Él seguía esperando que alguien le diera una nueva oportunidad para aprobar el mismo examen.

Y, mientras tanto, continuaba asistiendo a las reuniones de exalumnos con la esperanza de que, esta vez sí, alguien le preguntara cómo le había ido en segundo año.

Porque el tiempo podía llevarse los disquetes, las máquinas de escribir, los libros de la biblioteca e incluso los nombres de los profesores.

Pero jamás lograría convencer a Cuadrado de que el primer año había terminado.

La revolución de los apellidos

O cómo cambiar de ideología sin cambiar de primer año

Cuando Cuadrado ingresó a la universidad, el país todavía arrastraba una vieja tradición académica: los estudiantes podían tardar diez años, quince o incluso más en terminar una carrera, no necesariamente por la dificultad de las asignaturas, sino por la peculiar combinación de huelgas, interrupciones, conflictos políticos y calendarios universitarios que convertían cada año académico en una apuesta contra la incertidumbre. En las universidades públicas, perder un año por una paralización era casi una costumbre; avanzar con normalidad, una aspiración que dependía de circunstancias que pocos controlaban.

Cuadrado, por supuesto, tenía una explicación para todo. Alberto Fujimori recién llegaba al poder y había disuelto el parlamento, y ya se presentaba como alguien cercano a las ideas del gobierno de turno, aunque sus afinidades políticas parecían depender más de la oportunidad que de una lectura detenida de los programas electorales. Era un gobiernista en formación, una especie de comentarista político que todavía no había conseguido dominar los bucles repetitivos, pero que se sentía perfectamente capacitado para explicar el destino de la nación.

La llegada de Fujimori le proporcionó, finalmente, una causa a la altura de sus aspiraciones. El nuevo presidente prometía orden, autoridad y una ruptura con los viejos vicios del sistema. Para Cuadrado, aquello era mucho más que un programa político: era una oportunidad de pertenecer a algo que avanzaba, aunque él siguiera exactamente en el mismo sitio.

Se convirtió en un defensor entusiasta del gobierno y de sus dos reelecciones. Mientras sus compañeros intentaban aprobar cursos, preparar exámenes y recuperar los semestres perdidos, Cuadrado descubrió una actividad intelectual mucho más gratificante: explicar por qué el presidente estaba haciendo lo correcto y por qué los demás debían reconocerlo.

—Si no fuera por Fujimori, tú no habrías terminado en cinco años —le decía a uno de sus antiguos compañeros, con la seguridad de quien hubiera supervisado personalmente la reforma del sistema universitario.

A otro le recomendaba:

—Agradece a Fujimori. Si no, todavía estarías aquí, entre huelgas y clases suspendidas.

Lo decía con una convicción admirable, especialmente si se consideraba que él tampoco había logrado superar satisfactoriamente las asignaturas del primer año. La diferencia era que sus compañeros habían encontrado la manera de terminar la carrera y él había encontrado la manera de explicar por qué los demás debían agradecer al presidente.

Cuadrado no veía ninguna contradicción. Para él, la política era una disciplina en la que los resultados podían atribuirse al gobernante de turno, mientras que los fracasos personales debían explicarse mediante una combinación de circunstancias históricas, injusticias estructurales y profesores que nunca habían sabido valorar su verdadero potencial.

Así, cada título profesional obtenido por un compañero se convertía en una prueba del éxito del gobierno. Cada examen desaprobado por Cuadrado, en cambio, pertenecía a una categoría completamente distinta: la de los asuntos que no convenía mezclar con la política.


El tiempo pasó, los gobiernos cambiaron y la historia nacional comenzó a producir acontecimientos que exigían explicaciones más complejas que un simple elogio presidencial. Pero Cuadrado, que había encontrado en la política una forma de mantener conversaciones sin necesidad de dominar sus temas, no estaba dispuesto a renunciar a su vocación.

Cuando llegaron gobiernos de izquierda, descubrió que también podía ser un apasionado defensor de los derechos de quienes no tenían voz. La transformación fue sorprendentemente rápida. El antiguo entusiasta del orden y la autoridad se convirtió en un vigilante de las injusticias sociales, un lector habitual de columnas de opinión y un consumidor asiduo de publicaciones que denunciaban los excesos de la derecha.

Compraba pasquines, recortes y periódicos de circulación incierta, convencido de que cada titular era una revelación que los medios convencionales pretendían ocultar. Si un periodista criticaba a la derecha, Cuadrado lo consideraba valiente; si cuestionaba a la izquierda, sospechaba de sus intenciones. La coherencia editorial era un lujo que reservaba para los demás.

Con los años, algunos de aquellos periodistas que había elevado a la categoría de guardianes de la conciencia nacional terminaron envueltos en controversias tributarias y acusaciones relacionadas con sus obligaciones fiscales. Cuadrado recibió la noticia con la serenidad de quien descubre que su héroe tenía defectos perfectamente compatibles con su propia admiración.

—Una cosa es la vida privada y otra la lucha por los derechos del pueblo —sentenció.

La frase le permitió conservar intacta su colección de portadas, que solo almacenaba en su tarjeta SD, y, sobre todo, evitar una pregunta incómoda: si un personaje público podía ser cuestionado por sus contradicciones, ¿por qué no habría de aplicarse el mismo criterio a los políticos que él había defendido anteriormente?

No era una pregunta sencilla. Exigía revisar opiniones pasadas, reconocer errores y aceptar que una persona podía equivocarse incluso cuando hablaba con absoluta seguridad. Cuadrado prefería seguir leyendo.


En realidad, su evolución política no había sido tan compleja como parecía. Había cambiado de referentes, de periódicos y de consignas, pero conservaba el mismo método: escoger una conclusión y buscar después los argumentos que la sostuvieran.

Durante el gobierno que admiraba, la autoridad era indispensable para salvar al país. Cuando sus adversarios gobernaban, la protesta era un derecho fundamental. Si un presidente promovía una medida que coincidía con sus preferencias, se trataba de una decisión histórica; si la promovía alguien que le desagradaba, era una amenaza para la democracia.

Cuadrado no consideraba que aquello fuera una contradicción. Lo llamaba tener criterio propio.

Su talento consistía en presentar cada cambio de postura como una evolución moral, nunca como una rectificación. Si antes había defendido al gobierno, era porque el país necesitaba orden. Si ahora denunciaba al gobierno, era porque el país necesitaba justicia. Si mañana volviera a defenderlo, sería porque las circunstancias hubieran cambiado.

Las circunstancias, naturalmente, cambiaban con mucha más frecuencia que sus argumentos.

Y mientras el país discutía sobre economía, instituciones, derechos y reformas, Cuadrado seguía encontrando en la política una ventaja fundamental: siempre había un acontecimiento nuevo sobre el que opinar, lo que le evitaba tener que explicar por qué, después de tantos años, sus propias metas seguían pendientes.


Treinta y seis años después de su ingreso a la universidad, surgió una nueva oportunidad para completar aquella historia que Cuadrado llevaba décadas narrando como si aún estuviera en curso.

El apellido Fujimori volvía a ocupar el centro del escenario político. La posibilidad de que Keiko Fujimori llegara al poder —o, en la imaginación de Cuadrado, de que el apellido volviera a gobernar el país— despertó en él una emoción difícil de describir. No era exactamente entusiasmo político, ni nostalgia, ni siquiera esperanza. Era algo más íntimo: la sensación de que la historia podía ofrecerle una segunda oportunidad sin exigirle que reconociera la primera.

Durante años había repetido que Fujimori había permitido a otros terminar la carrera en cinco años. Ahora podía construir una interpretación todavía más extraordinaria: si el apellido Fujimori regresaba al poder, quizá él también pudiera culminar su propia carrera, aunque el calendario universitario hubiera dejado de esperarlo hacía mucho tiempo (y el plan de estudios también).

La idea comenzó como una broma, pero Cuadrado tenía una habilidad especial para convertir las bromas en convicciones.

—Al final, yo también terminé siendo ingeniero durante la época de los Fujimori —comentó en una reunión.

Uno de sus compañeros le recordó que habían transcurrido décadas, que se trataba de otra universidad y que el título no convertía retroactivamente sus años de Investigación Operativa en una carrera concluida.

Cuadrado lo miró con cierta compasión.

—Tú no entiendes el simbolismo.

Para él, aquello no era una simple coincidencia biográfica. Era una especie de reconciliación con el destino. Había comenzado su vida universitaria bajo la promesa de un futuro político, había pasado décadas defendiendo o cuestionando gobiernos según las necesidades de su relato y, finalmente, había conseguido el título profesional bajo una coyuntura en la que el apellido que tanto había celebrado volvía a ocupar un lugar central en sus conversaciones.

La historia, a su juicio, estaba cerrando un círculo.

Que el círculo no tuviera relación académica alguna con su formación era un detalle técnico. Y los detalles técnicos, como bien sabía Cuadrado desde sus primeros intentos de programación, podían resolverse con suficiente imaginación.


A partir de entonces, comenzó a hablar de su título con una solemnidad renovada. Ya no era solo un ingeniero: era un ingeniero cuya trayectoria parecía confirmar una tesis histórica sobre la persistencia de los apellidos en la política peruana. Un ingeniero social, si es que eso existía.

En sus conversaciones, el vínculo se volvía cada vez más estrecho. El apellido Fujimori había sido, según él, decisivo para que sus compañeros terminaran en cinco años; décadas más tarde, el retorno de ese mismo apellido a la primera línea política podría coincidir con su propia graduación. ¿Cómo no interpretar aquello como una señal?

Tal vez su antigua carrera de Investigación Operativa todavía podía concluir de alguna manera. Tal vez no había fracasado, sino que aún tenía una esperanza. Tal vez los años perdidos habían sido una inversión a largo plazo cuyo rendimiento acababa de materializarse.

Incluso llegó a imaginar un título para aquella etapa de su vida: "Oda al apellido Fujimori". Le parecía una obra de gran profundidad, capaz de explicar cómo un estudiante que no había logrado avanzar durante años terminaba obteniendo un título profesional en una universidad distinta, mientras el país volvía a debatir sobre el mismo apellido que había marcado sus primeras convicciones políticas.

La metáfora le gustaba tanto que dejó de preguntarse si era cierta.

Porque Cuadrado había descubierto una forma de éxito mucho más cómoda que la de sus antiguos compañeros: no necesitaba demostrar que sus decisiones habían sido acertadas, bastaba con encontrar una coincidencia que pudiera presentarse como su justificación.


Al final, quizá la tragedia de Cuadrado no residía en haber tardado décadas en obtener un título de licenciado, tampoco en su cuestionable título de ingeniero en una universidad genérica, ni en haber defendido gobiernos que después criticó, ni siquiera en haber convertido una etapa universitaria inconclusa en el tema recurrente de todas sus reuniones.

Su verdadera tragedia era haber confundido la explicación con el logro.

Sus compañeros habían terminado sus carreras, con gobiernos favorables o desfavorables, con huelgas o sin ellas, y después habían seguido adelante. Algunos habían prosperado; otros habían cambiado de profesión; otros, como Ventocilla, habían encontrado una vida digna sin necesidad de obtener el título que alguna vez habían perseguido.

Cuadrado, en cambio, necesitaba que la historia nacional justificara cada capítulo de su biografía. Si el gobierno era de derechas, el orden explicaba sus fracasos. Si era de izquierdas, la lucha por los derechos sociales explicaba sus contradicciones. Si un apellido regresaba al poder, el destino parecía ofrecerle una segunda oportunidad.

Quizá algún día comprendiera que terminar una carrera no es una concesión de un presidente, del mismo modo que no terminarla tampoco es una condena impuesta por la historia.

Pero, mientras llegaba ese día, Cuadrado continuaría buscando en las elecciones, los periódicos y las conversaciones ajenas una respuesta a la pregunta que nunca se había atrevido a formularse.

¿Por qué todos habían podido seguir adelante mientras él necesitaba que el país entero regresara al primer año?

Y así, convencido de que su título era una oda a un apellido presidencial, Cuadrado volvió a ocupar su lugar habitual en las reuniones de exalumnos.

Esta vez, sin embargo, tenía un argumento nuevo.

Ya no era el eterno estudiante que no había logrado terminar la carrera en cinco años.

Era el ingeniero que había tardado treinta y seis años en demostrar que, en el Perú, hasta las coincidencias pueden graduarse antes que uno.


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